¿Podemos caernos aún estando acostados? ¡Sí, podemos!


«Tlin Tlon: ¡112 - caja 3!». Un señor mira su número como para controlar, una vez más, si efectivamente es el 112 el que tiene en su mano, se levanta y se dirige a la ventanilla número 3. Está por sacar de sus ahorros un cifra considerable: 15 mil USD$; le sirven para la boda de su amada hija.


El documento, el teclado de la compu hace tac tac tac, el señor mira brevemente su reflejo en el vidrio, mientras espera que el empleado del banco cuente los billetes, uno a uno, a mano y luego con el contador automático.


Fue un reflejo, o anda a saber qué es lo que fue, el señor se da vuelta, así fugazmente, y ve entrar en el banco a su vecina, una de las personas que más detesta no solo en su barrio, sino en toda la faz de la Tierra.

No se hablan desde hace años, ni se saludan, nada de nada, solo rechazo (mutuo).


Le sube un disgusto por la garganta, la misma sensación que siempre experimenta con solo pensar en ella, aunque esta vez es particularmente desagradable sin saber bien porqué; pero traga y vuelve a mirar al empleado que está preparando los montones de 5 mil para pasarlos por la maquina.


Se mezclan las imágenes y los sonidos:

la cara de Franklin,

el ruido taladrante del contador automático,

la caca del perro de la vecina que diariamente encuentra adelante de su puerta,

los números digitales rojos que avanzan vertiginosamente,

el pelo rubio feo (siempre de la vecina),

la cara de póker del empleado,


«Tlin Tlon ¡113 - caja 4!». Vuelve a mirarse en el reflejo, un señor le pasa detrás y le roza el saco; él lo mira (mal), el otro: “Perdón, voy a la 4”.

La mirada sigue en línea recta, hacia la entrada del banco y la ve nuevamente.

Porqué esta vez la odio más (piensa).

¡15.000!

Los elásticos,

el documento,

el teclado,

el recibo,

¿Quiere hacer alguna otra operación?,

No gracias, hasta luego.


Fue una cuestión de fracciones de segundos, milímetros, impulsos nanométricos.

El señor miraba los dólares, sus ahorros, pero en lugar de imaginar todas las cosas que tenía que hacer para la boda, su mente veía otra cosa, o mejor dicho: no veía lo que tenía que ver, y mientras el empleado le pasaba los 3 montones con los 15 mil, bien ordenaditos en un sobre de papel madera, se dio cuenta de lo que efectivamente estaba pasando:

su vecina había entrado por la puerta principal del banco cojeando exageradamente.


Fue eso el desencadenante.


Y mientras con una mano retiraba el sobre desde la estrecha ranura de la ventanilla, con la mirada volvió a ella, como para robarle el secreto; y fue exactamente en esa fracción de segundo que se dio cuenta que ella, ¡Ella!, se estaba haciendo pasar por discapacitada para ahorrarse la fila de gente que esperaba su turno con el número en la mano.


Lo vio claramente: doblada sobre si misma, torciendo y arrastrando la pierna, ¡ella!, a quien había visto una hora antes trotar toda gímnica con su maldito perro por las calles del barrio, parar frente su casa y ¡ZAC!: dejar el regalito de siempre.


La sangre empezó a hervir, parecía tuco. Se le taparon los oídos de la ira.


Inmediatamente corrió hacía la entrada para denunciar lo ocurrido: llamó al policía, gritó “mentira, mentira”, empezaron los murmullos de todos, “mentira: ella quiere colarse, la conozco”; el banco fue invadió por una nube de “Oh...” “Ah...” “¿Qué está pasando?” que llenó todos los rincones; una señora se asustó tanto que levantó las manos como si estuviera sufriendo un robo, “Dios mío, no”.



Algunas horas después alguien dijo con tono de certeza absoluta “En mis tiempos estas cosas no pasaban”.


Después de un buen rato de vergüenza ajena, miradas de indignación, papelón, sal y pimienta (¡y orégano!), el hecho es que a la vecina no le quedó otra que enderezar la espalda y admitir que ya se sentía bastante mejor y que ya no hacía falta que pasara adelante de nadie, que podía esperar su turno, que la pierna ya la sentía mejor...


Sin embargo el señor (el de los dólares) estaba como endemoniado, mientras el guardia (con la camisa demasiado ajustada) seguía sin saber qué hacer, pero sí sabía que odiaba siempre más su trabajo.


Hasta que los relojes del banco retuvieron el respiro y todo se detuvo.


Todo se transformó en un recuerdo injusto, absurdo, inmóvil y demasiado real: el señor se dio cuenta que en sus manos no tenía el sobre con los dólares y que lo había dejado apoyado sobre la ventanilla.

Los relojes volvieron a andar, pero más rápido.


El guardia gritó “Señor, Señor...” pero él ya había disparado como un rayo, o como podía, hasta que apareció frente al empleado con cara de póker, y dijo con tono exhausto y con la cara deformada:

”El sobre...”

”¿Qué sobre?”

”Los dólares... los dejé aquí”

”Aquí no hay nada señor”

”Cómo que no hay nada”

”Mire que acabo de atender a otra persona...”

”¿Otra persona... cómo otra persona... quién... cuándo, ahora?

”Sí... después de Usted vino una muchacha; acaba de irse”


Desolación mezclada con odio, remordimiento e instinto asesino. Todo eso.


El señor hace la denuncia por robo y pide al banco las grabaciones de las cámaras internas como pruebas (pedir es una manera de decir) para investigar quién fue que se llevó el sobre.


De las cámaras averiguan que fue una joven la que llegó a esa ventanilla justo después de él. Iba a depositar un trabajo que había cobrado de 5 mil pesos.


Fue así: poco después del «Tlin Tlon» agudo, la chica llegó a la ventanilla con el número “113 - caja 3”, pasó por la ranura su documento y los 5 mil pesos, le dijo al empleado ”los pongo en la cuenta así me duran más”.

Mientras el empleado contaba los pesos, el señor de antes y su vecina se gritaban de todo, ella vio el sobre apoyado ahí no más, miró a dentro y se lo puso en el bolso, terminó el tramite, documento, “¿Quiere hacer alguna otra operación?” “No gracias, hasta luego”, atravesó el gran salón del banco y se fue.


La vecina mentirosa también se fue del banco como si nada después del papelón, mientras que el guardia finalizó la jornada de trabajo y no pudo evitar tomarse unos días de licencia.


La denuncia por robo terminó en la nada misma porque, según la jueza, la chica se encontró un sobre que alguien había dejado abandonado, y eso, para la ley, no es robar sino encontrar.

No hubo manera de apelar, la ley es la ley le dijeron.


El señor envejeció de 20 años en pocos días, no tanto por el golpe en sí, sino por no haber podido hacerse cargo de nada. No supo, no pudo, no quiso, anda a saber.


Ah... su hija se casó e hicieron una bella fiesta, discreta pero bella.


Fin.


Todo parecido con la realidad es absolutamente cierto ya que esta historia me la contó una empleada de un banco de Buenos Aires caba. Yo solo agarré un pincel y le puse algún color por aquí y por allá.


Así que ¿podemos caernos aún estando acostados?

¡Sí, podemos!.

Hay que tener cuidado a no distraernos demasiado con todo lo que nos pasa mientras todo pasa.

¿Difícil?

¡Sí, difícil!.


Forza Tuttx

Mirko


Foto ©mm

 

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