Línea 168 - Leo Dan - Éxtasis Polifónico


Subo en el colectivo 168, rojo con bordes negros y grises.


En Buenos Aires los colores de los colectivos determinan el carácter de su recorrido, casi como si las tonalidades pudieran teñir el recuerdo que uno tiene de las calles por donde pasa; una experiencia sensorial muy especial, por lo menos esos me pasa a mí.


El 168 no es el 59 (máxima expresión del cromatismo urbano, una manera de viajar con estilo, alegría) pero bueno tampoco es el 44 (blanco y verde, así no más sin pena ni gloria); el 168 es rojo con bordes negros y grises.


Si puedo esperar, elijo el 59, siempre. Si no puedo, tomo el primero que viene.



Subo. El chofer es un joven de unos 40, bajito, con mirada picara.


Desde su celular suena una canción que está inundando todo el colectivo.


De hecho cuando se abren las puertas sale una cascada de notas que me moja todos los calcetines.



¿Qué celular tiene?

¿Cómo es posible que tenga semejante volumen?

No puede ser.

Igual se escucha pésimo, como en todos los celulares del mundo ya que no reproducen los bajos; solo agudisimos, agudos y medio agudos.


Escuchar música sin bajos ¿es escuchar música?

Bueno, mejor sigo porque sino divago. Sigo: pago y me siento ahí no más, en primera fila, porque el viaje pinta bien. "De aquí sale una aguafuerte” pensaría Roberto. La canción habla de un amor divino o algo por el estilo, me parece un poco patética (un poco mucho) pero el chofer está feliz, se le nota que esa música le está coloreando el día, y a mí me atrapa eso que le pasa a él. Después de la breve pausa de los boletos, retoma el canto. Tiene voz. ”Amooooorrrrr divinoooooo”. Esto parece Napoli, o Bucarest, o Granada. Pero no, es Baires. De repente interrumpe el vocalizo y mientras sigue conduciendo (obviamente) y todos seguimos escuchando la canción desde el misterioso teléfono, se da vuelta y se dirige a una pasajera por ahí, cuarta o quinta fila: Chofer: Qué tema! ¿no mamita? La chica le contesta al toque, deben conocerse porque parece que están siguiendo una conversación empezada “ayer, quiero decir hace 20 años atrás”. Chica: “Esas si que son letras” ¿Esas sí que son letras? Mejor sigo. El chofer sonríe y afirma con la cabeza; ya está en un estado de éxtasis polifónico: no solo le gusta la canción (sin bajos ni medios), sino que también tiene apoyo desde la platea. Capaz que se está imaginando de conducir un avión, un Boeing 168, rojo, con bordes negros y grises. Tremendo. Por suerte se salta la siguiente parada. Nadie baja. Nadie sube. Sigue el show. Sigo amando esta ciudad tan loca que a pesar de todas las dificultades y problemas históricos, no apaga nunca (NUNCA) su llama. Naturalmente se dio cuenta de que estoy ahí en primera fila, que lo estoy mirando y escuchando atentamente. Al rato me mira y: Chofer: “¿Conoces? Mirko: “la verdad que no, ¿quién es?” Chofer: “¿No lo conoces? Esto es una maravilla. Cuando llegas a casa búscalo, se llama Leo Dan” Mirko: Oqquei Me regala una sonrisa hermosa, le brilla un diente de oro; no, mentira, pero hubiera sido fantasmagórico. Y de repente sucede lo imprevisible, lo que hace pasar todo a otro nivel, otra cancha expresiva: aparece el gesto, o mejor dicho, el gesto de los gestos. ¿Viste eso que hacemos los tanos para “decir” que una comida es verdaderamente rica, superlativa? Esa rotación de la mano con la palma abierta hacia arriba que empieza un movimiento circular a espiral de abajo hacia arriba? ¡Eso! ¡Sí, eso! Con una mano hace ese gesto y con la otra sigue conduciendo. Seguramente hay algo de esa canción que yo me estoy perdiendo, que no estoy entendiendo y sobre todo que no quiero entender. La canción termina (fade out lento). Agarra su teléfono y la vuelve a poner de principio, la misma canción, ¡la misma!. Este colectivo es una monarquía, sin dudas. Efectivamente era un teléfono, pero como no entiendo ni de modelos ni de marcas, no lo puedo reconocer ni puedo avanzar con mi investigación sonora; y tampoco puedo preguntarle sobre el modelo, no da (un poco como cuando te preguntan ¿Y... qué tal la obra? y uno responde “Bien, bien, se veía muy bien desde nuestras butacas). No, no. Retoma el canto con un entusiasmo que contagia. Otra vez, es extraordinario, y también es bello. Pienso: "la canción es mala; bueno, yo no la valoro; bueno pero esforzarte; no me quiero esforzar en esa dirección; bueno pero no puedes escuchar solo en tu dirección; bueno pero bueno..."

Mejor sigo: la canción es lo que es pero eso que está haciendo él sí es muy bello. Tengo que bajar. Lo saludo, bajo del colectivo y sigo la melodía silbando (inevitable). Solo me acuerdo lo de “Amoooorrr divinooooo”. Hago lo que tengo que hacer y luego vuelvo a casa y busco a Leo Dan. Lo primero que noto es que el chofer era igual a Leo Dan. Igual pero igual. Quizás era Leo Dan en persona. Nunca lo sabré. Me entero de que la canción en cuestión tiene un texto muy pero muy Sur-Realista. Nada de “baldoria”, esto es plena confusión post-moderna, un verdadero clásico, o sea confundir, mezclar, revolver y amasar ingredientes tan distintos, cuales son el amor y la pasión, y esperar que de ahí salga algo rico. Imposible, y no lo digo yo, sino la historia misma, pero nada, hay que seguir componiendo, grabando, vendiendo, comprando y consumiendo semejantes tipos de canciones. “Esas sí que son letras” dijo la chica de la platea. “Amoooorrrr divinoooo...” (Disculpame Leo, te prometo que pronto voy a escribir sobre la canción “Fin che la barca va” de Orietta Berti, made in Italy): ”Ay amor divino, pronto tenés que volver a mí (...) El dolor es fuerte y lo soporto porque sufro pensando en tu amor (...) Me falta todo en la vida si no estás. Cómo te extraño mi amor, ¿qué debo hacer? Te extraño tanto que voy a enloquecer (...) ¡Oh, oh, oh! Mi corazón”. “Esas si que son letras”. Sonrío, y me brilla un diente de oro.



Forza Tuttx

Mirko

 

Foto: © Locura_Micrera | Rafa Fuentealba (Flickr)



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